Mi cuerpo de dolor, mi cuerpo de placer

Mi cuerpo de dolor, mi cuerpo de placer

Yo tengo una relación difícil con mi cuerpo. Lo comencé a tener de bien pequeña cuando mis compañeros de parvulario me llamaban gorda. Y lo confirme cuando a los 6 años me pusieron “a régimen”.

Mi primera dieta, vaya.

Pero atenta a la palabra. A régimen.

Régimen: Conjunto de reglas que regulan la alimentación

Régimen: modo de gobernarse o regirse en algo. (wordreference.com).                

A mis 6 tiernitos años yo “supe” que había algo terrible en mi cuerpo. Era gorda. Y era por ello, por ser gorda, o grande, o rellenita, o como le queramos llamar, que en nombre de mi “salud” me tenían que regular la ingesta de comida.

 

Es decir, que tenía que empezar a controlar lo que comía y cuando lo comía.

Ahí empecé a tener una relación difícil con la comida. La misma relación difícil que seguramente cualquier mujer que no tenga un cuerpo normativo tiene (y que no se lo haya currado)

Porque las mujeres que no tenemos un cuerpo normativo (talla 36-38) sabemos desde pequeñas que “nos tenemos que cuidar”. (yo lo sigo escuchandolo de boca de mi madre)

 

¿Cuidar de qué?

De no salirnos de la norma.

De salirte de los límites de la norma. Porque si sales de la norma, vas a sufrir. El exilio. Soledad. Muerte.

Nadie te va a querer por lo que eres.

Ese es el mensaje.

 

El cruel mensaje que nos envían a las mujeres. Y que nos siguen enviando. Nos bombardean. Ferozmente. No somos dignas de ser amada por lo que somos.

 

Lo escuchas y te lo tragas todos los días a través de las imágenes de las revistas y la publicidad.

Te guste o no te guste. Quieres o no quieras.

Nadie está inmunizado frente al aluvión de imágenes. Somos absolutamente vulnerables y permeables a todo este tipo  de mensajes…y llevamos toda una vida absorbiéndolo.

Si bien mi relación con mi cuerpo y con la comida ha sido complicada,  no he desarrollado ningún trastorno alimentario. A mí me ha dado por otras “adicciones”.

He maltratado a mi cuerpo de otras maneras.

  • Fumando mucho, mucho. (comiendo humo, vaya)
  • Bebiendo más de lo que es saludable en periodos de mucha angustia o estrés.
  • Dejándome usar a nivel sexual.
  • Actividad  excesiva y focalizando toda mi energía sólo en el trabajo.

 

Para mí, como para casi todas las mujeres, mi cuerpo ha sido un campo de batalla más que un vehículo de vida y de placer.

 

La niña que fui comprendió que su cuerpo era digno de rechazo y que tenía que ser controlado externamente y manipulado para “encajar”, para pertenecer, para ser querido y respetado.

Aprendí a odiar  mi cuerpo.

Lo odiamos cada vez que deseamos que sea de otra manera de la que realmente es.

Aprendí a maltratarlo.

 Lo maltramos cada vez no nos escuchamos, cada vez que nos decimos cosas feas sobre nosotras mismas, cada vez que no le hacemos caso cuando nos está gritando…

 

Aprendemos a odiar a nuestro cuerpo. Aprendemos a odiarlo. Este nuestro cuerpo, que es nuestra única y verdadera casa aquí, en la tierra.

 

No un cuerpo para lucir, y para ser objeto de deseo.

No un cuerpo para amputar y para ser mercancía.

Yo ya no me creo los mensajes que me han inculcado sobre la liberación de la mujer.

Sé que ni la maternidad ni el éxito profesional me van a liberar. Ni la talla 38 (ya la he tenido y los periodos en los que he estado “delgada” y la gente me decía lo “guapa y bien que estaba” eran los periodos más críticos, áridos y difíciles de mi vida).

 

Lo único que me está liberando es hacer las paces con mi cuerpo. Descubrir que tan sólo me siento a salvo, segura y protegida, cuando me siento a gusto dentro de mi piel. Cuando soy capaz de sentir mi belleza, que trasciende la forma que veo en el espejo. Cuando siento una sensación placentera debajo del ombligo. Cuando me permito dejarme invadir y expresar toda la sensibilidad que me habita y que soy.

 

Cuando me zambullo en mi cuerpo. Cuando dedico tiempo a hacer mi comida y a comer. Cuando camino serena. Cuando me ducho y me enfoco en la sensación del agua caliente en mi piel. Cuando hago el amor con un hombre que me respeta y sin prisas. Cuando bailo. Cuando me siento a “medisentirme”. Cuando me permito hacer nada y llueve afuera. Cuando salgo del agua en la playa y me tumbo en el pareo sintiendo la arena calentita.

Cada día voy registrando más instantes de conciencia corporal. Que se traduce en mí como una experiencia de  gozo y completitud. Donde nada falta y nada sobra. Donde la imagen que me devuelve el espejo es amable y cada día más tierna.

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Te animo a que veas el documental Embrace (está en netflix). Sobre todo, si en algún momento de la lectura de este post, has pensado que exagero.

 

2 Comments
  • Vanesa
    Posted at 16:17h, 05 noviembre Responder

    Muchas gracias Natalie, me ha encantado, me he sentido tan identificada…

    • Natalie Idoeta
      Posted at 11:07h, 07 noviembre Responder

      🙂

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