Vivir desde el sentir

Vivir desde el sentir

6-de-copas

El viernes a la noche inmersa en el agua del mar solté  el control de la semana, me abrí a los sentidos (la naturaleza me reconectó) y entré en mi cuerpo. Me sentía abierta, vibrante, conectada. Como se suele decir,  a flor de piel.

Me permití sentir. Me entregué a sentir. Con toda mi fuerza. Desde todos mis poros. Sentí de nuevo la existencia bailar (y digo de nuevo, porque es una experiencia que se me reactivó en el camino de Santiago en agosto) y yo me dejaba llevar confiada.

El domingo  surgió un conflicto con la persona con la que pasé el fin de semana (le llamaré M) y abierta como estaba sentí a pleno “pulmón” el dolor derivado del conflicto.

Porque es por eso que no queremos los conflictos, porque nos ponen en contacto con el dolor. Y por eso gestionamos mal el conflicto…porque no nos paramos a sentir el dolor y darle un espacio. Por lo general nuestros  dolores  están  amurallados con un séquito de defensas que son los que se encargan de atacar y crear las guerras que tenemos en nuestras vidas.

Y te preguntarás qué dolor se detonó.

Un dolor muy antiguo. En ese conflicto viajé instantáneamente a los 4/5 años. Al sentimiento de desamparo cuando sentía que me echaban la bronca. Mi alta sensibilidad me ponía en contacto con  el miedo atroz que me invadía, el miedo  a que me dejaran de querer por no haber sido una niña “buena”. Es decir, por no haber obedecido, por no haber cumplido las expectativas ajenas o por no haber tenido en cuenta las necesidades ajenas o de la situación.

Para no sentir este gran miedo  me especialicé en ser una buena niña, dócil, obediente y sumisa. siendo éste  el momento en el que me abandoné a mí misma, el instante en el que me vendí mi alma.

Para no sentir esta emoción de miedo tan intensa, vendí mi sensibilidad (mi capacidad de sentir) a cambio de una traje de “niña buena” que empezaría a asfixiar mi esencia hasta llevarme al punto de querer irme de la vida mucho después. Momento por cierto,  en el que me rescató la “niña mala”: me hizo un boca a boca como pudo y todo lo que pudo hacer fue amurallarme y hacerme una experta en fingir que nada me afectaba. Y aunque suene raro, le doy gracias infinitas porque lo hizo lo mejor que supo y me salvó.

Pero no se puede vivir en las trincheras.

Aunque ahí vivimos. Atrincheradas. Para que nada nos toque. Nada nos duela. Fingiendo que somos fuertes, y que podemos con todo. Alienadas de nosotras mismas. Viviendo la vida como una lucha. Sufriendo en silencio el sufrimiento que nos genera vivir alejadas de nuestra esencia y nuestra capacidad de sentir y amar. De sentirlo todo. Lo que vulgarmente llamamos lo “bueno” y lo “malo”.

A “M” le pareció exagerada mi reacción aunque en seguida se dio cuenta que estaba delante de una persona muy muy sensible. Al principio opinó que era una desventaja e insinuó que era algo como defectuoso. Y puedo entender desde que lugar lo dijo: desde la creencia  muy popular por cierto, de que la vulnerabilidad y el sentir nos hace débiles. Eso es al menos lo que yo aprendí de pequeña, que sentir me hacía débil, porque eso es lo que me devolvía mi entorno cuando me arriesgaba a mostrar mis sentimientos.

Yo le contesté, que todo lo que la naturaleza nos da (y la capacidad de sentir nos la ha dotado la naturaleza a través de nuestros sentidos) tiene un sentido para la propia supervivencia y la propia evolución. Verbalizar  esto que nació desde lo profundo,fue mi sanador. Porque ahí le estaba diciendo a mi niña interior: “cielo, no pasa nada por sentir lo que sientes. Es normal, son tan sólo emociones y sensaciones que si las permites, te orientarán en tu vida. Confía en lo que sientes y dales el espacio que les corresponde. Así te estás amando y respetando.

Porque para eso están las emociones. Para velar por nuestra integridad y nuestra supervivencia. Todas. No están aquí para fastidiarnos, ni hacerlos la vida difícil como nos quieren hacer pensar ciertas creencias sobre las emociones.

Las emociones están para cuidar de nosotras. Y para darnos cuenta de nuestras emociones, no hay otro camino que abrirnos a sentir. Y no siempre va a ser agradable lo que sentimos. Pero si nos amurallamos para no sentir lo “malo”, amurallamos también lo “bueno”. Y entonces la vida se vuelve, densa, pesada, gris.

Me angustia sentir el miedo a que el otro pueda no quererme. Me pone en contacto con mi necesidad de sentirme amada; me pone en contacto con  la niña que aún me habita y que tiene hambre de amor, cariño, comprensión, apoyo. Y esta niña que fui en muchos momentos no lo  sentía disponible. Me pone en contacto con la frustración de este límite. Me pone en contacto con esa niña que se culpaba cuando creía no recibir ese amor. Y que erróneamente pensó, que debía hacer al algo al respecto: que debía esforzarse por conseguirlo.

Ahora, desde la mujer que soy, puedo darme cuenta, que claro que me querían, que no por regañar deja uno de querer, pero que aquellos adultos no eran sensibles, no estaban conectados con su sentir tampoco, y que no podían ofrecerme el amparo que yo realmente necesitaba: quizás, simplemente decirme “que te regañe no significa que te vaya a dejar de querer”.

Ahora, desde la mujer que soy, sí que puedo darme ese amparo: dar un espacio al miedo, sentirlo, comunicar que me sucede y pedir lo que necesito.
 Ahora le puedo decir a esa niña:

Cielo, eso que sientes se llama miedo y sientes miedo a que no te quieran por que necesitas que te quieran para garantizar tu supervivencia. Pero te aseguro que te quieren mucho, lo que pasa es que están muy despistados.”

Ahora le puedo decir a esa niña:

no tienes que hacer nada para ganarte el amor de nadie, tu eres digna de ser amada por lo que eres y el amor que más te va a llenar es el que tú te das cuando te mantienes fiel a ti misma y a lo que tu sientes. Mantenerte cerca de ti pase lo que pasé, incluso cuando tienes mucho miedo, hará que sientas un amor dentro de tí que te acompañará siempre independientemente de con quien estés o lo que suceda.

Ahora le puedo decir a esa niña:

Tienes un gran don, esa capacidad tan profunda de sentir, hará que disfrutes de la vida, en todos sus aspectos, profundamente. Y cuando descubras que no hay nada de malo en el miedo, en la rabia, en la frustración y en la tristeza, conocerás la felicidad.

Además, cuando aprendas a manejar el don que tienes para sentir, podrás apoyar a muchas personas ya que este don te permite ayudarles a poner luz allí donde perciben oscuridad: tu sensibilidad les ayudará a que entren en contacto con sus profundidades, a que puedan comprenderse  y a entender la importancia de permitirse sentir lo que tengan que sentir y a que puedan entender que el sentir les orientará en su vida y les ayudará a caminar su propio camino hacia su bienestar.

A través de estas palabras, siento que me consuelo, que me abrazo. Cede el miedo que se me activó en el conflicto, a que no me quieran, que me rechacen o que me abandonen. Ya no siento la angustia que me oprimía el estómago y el pecho.

En este acto de atenderme y consolarme soy yo la que no me estoy abandonando. Soy yo la que me estoy amparando, consolando, dando lo que necesito: cariño, comprensión, apoyo incondicional.

A esto se le llama autoestima…

  • Desarrollar la capacidad de darse cuenta de las propias necesidades y emociones y atenderlas.
  • Desarrollar la capacidad de nutrirnos de aquello que verdaderamente necesitamos y nos hace bien.
  • Dedicarnos y cultivarnos a nivel físico, emocional, mental y espiritual.
  • Mantenernos siempre fieles a nosotras mismas. Pasé lo que pasé.
  • Liberarnos de los juicios y de creencias de lo que deberíamos ser y aceptarnos en todos nuestros claroscuros.
Y amar la vida. En lo que Es. Entregarnos a su misterio. Sintiéndonos. Profundo.

Este nuevo curso promete.

 

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